Canto de gol: nada cambia

Hace unos días iba caminando con mi perro por unas calles del barrio donde viví cuando hacía mis primeros semestres de universidad. Y al cruzar por un parque con expendedores de drogas y sin policía presente, recordé que hay muchos aspectos en la vida que te hacen pensar en que nada cambiará.

Muchos hinchas de Millonarios que vivían en Suba o viven aún allí recordarán un expendio de boletería en una tienda deportiva en el barrio Trinitaria. Una señora muy gentil, que atendía Deportivos Deliana, era quien manejaba las boletas de los partidos de Millos cuando todavía eran físicas. En una ocasión, a diferencia de otras en las que iba sagradamente a comprar mi entrada para cualquier partido, era una previa de un clásico que me halló sin dinero suficiente. Me acerqué al local y simplemente fui a pagarle una fracción de un buzo Saeta que pagaba por sistema de abonos. Y cuando me preguntó por el partido y le dije que no tenía para ir, usó su boleta de cortesía y me invitó a un 3-3 con Santa Fe en occidental.

Yo vendía dulces y otras cosas en la universidad para pagarme mis copias y mis transportes. Y por supuesto, mis boletas y esas prendas costeadas a cuotas en Deportivos Deliana. Una noche me dejé pasar por el bus para surtir chocolates y dulces en una distribuidora, y pagar el dinero correspondiente de otra prenda de Millonarios. De regreso a casa, un tipo con un cuchillo me dijo que lo acompañara a la esquina. Calles muy solas, muy oscuras y el arma blanca en mi estómago afirmaban que no había lugar a resistir el atraco.

El callejón por el que pasé con mi perro en estos días fue donde el sujeto aquel se llevó mis libros de francés e inglés, mi maleta, la mercancía de ventas y mi celular. Era la primera vez que me robaban y con mucho miedo, regresé a casa. 22 años después nada cambia y nada cambiará. Ese mismo parque con tenis colgados en los cables de alta tensión y esa misma esquina, ahora escondidos por un muro contiguo a una bomba de gasolina, mantienen el aspecto lúgubre y peligroso de aquella noche en la que empecé a sufrir el rigor de Bogotá.

El sábado pasado, en el que volvimos a tener la oportunidad de ir a Tunja, también entendí que muchas cosas no se corrijen y nada cambia. Los arbitrajes colombianos sesgados y pusilánimes siguen rigiendo los partidos del FPC. La sobreventa de boletas sigue siendo la caja menor de Eduardo Pimentel. La mediocridad de la logística sigue poniendo en juego muchas vidas de adultos mayores, en filas donde rejas insulsas los separan de las barras populares. Y ante el desespero por el desorden y tumulto, siguen habiendo conatos de disturbios, en donde la policía sigue atacando con aturdidoras y gases lacrimógenos indiscriminadamente, sin importarles si al frente hay una niña asustada, o una señora que va por primera vez al Estadio La Independencia.

Como si nada de esto fuera suficiente, las peleas a palos y cuchillos dentro de la barra no dejan de suceder. Los heridos siguen saliendo en camillas, en lugar de salir de la tribuna felices por viajar a alentar a su equipo. Y la cereza de un pastel amargo: Millonarios sigue sufriendo ante rivales coleros que bailan entre primera y segunda división como Boyacá Chicó, regalando tiempos y regalándose en balones aéreos, desperdiciando opciones claras de gol, y cayendo en la ingenuidad de que el arbitraje en Colombia algún día será justo.

Algunas esquinas siguen siendo intransitables y peligrosas. Algunos partidos siguen siendo una falsa creencia de que son de ambiente familiar. Algunos expendios de drogas siguen reinando en los parques y en los barrios, sin que la policía finja que sabe y haga algo. Algunas desconcentraciones nos seguirán causando derrotas incomprensibles. Y la hinchada de Millonarios sigue y seguirá demostrando que es la más grande y fiel de este país. Nada cambia en muchos aspectos del Mundo Millos. Pero ojalá entendamos todos que mañana se juega un partido en el que habrá riesgos deportivos y humanos potenciales, y que sí hay que cambiar las maneras de jugar y vivir los duelos. Que el profe Bustos y sus jugadores eviten la inocencia y salgan a la cancha igual que como salieron en Medellín hace dos semanas. Y que los hinchas, como los que en ese entonces volvieron a Bogotá sanos y salvos, también sean precavidos en su ciudad y regresan a casa sin ningún riesgo, cuidando a sus similares y evitando los peligros en los barrios bogotanos.

El canto de gol para acompañar esta columna es ‘Ghost town’, de la banda británica The Specials: https://www.youtube.com/watch?v=pqhN1b0vXOM&list=RDpqhN1b0vXOM&start_radio=1

Carlos Martínez Rojas
@ultrabogotano